¿Sabías que cada 24 de junio comunidades de Morelos vuelven a mirar al cielo para pedir a San Juan Bautista un buen temporal para el campo? A través de ofrendas, música y ceremonias, los pueblos mantienen viva una tradición agrícola que une fe, naturaleza y memoria colectiva, de acuerdo con habitantes de las propias comunidades.
Cuando junio anuncia el tiempo de lluvias, en distintos rincones de Morelos las comunidades preparan un encuentro entre la tierra, el agua y la fe. Esta práctica, heredada de generación en generación, representa una forma de agradecer la vida que nace del campo y pedir por la fertilidad de la tierra y la abundancia de las cosechas de maíz y otros cultivos.
La petición en los poblados de Morelos
En Coatetelco, pueblo indígena de la región surponiente, esta petición toma el nombre de Huentle, una palabra nahua que representa la entrega de ofrendas a los airecitos. Desde el 23 de junio, habitantes colocan flores, alimentos y elementos simbólicos para solicitar buenas cosechas. La ceremonia es acompañada por danzas tradicionales y el sonido de cohetes que anuncian el recorrido hacia la parroquia.
En Pachimalco, Jojutla, la comunidad celebra a San Juan Bautista con la tradicional entrada de flores, peregrinaciones, cabalgata, música de banda y danzas Tlacololeras que acompañan una festividad donde familias y visitantes se reúnen para conservar sus costumbres.
En Jiutepec, la figura popular de “San Juan Parrandero” mantiene una expresión singular de esta tradición. La imagen recorre las calles entre música, convivencia y ofrendas rumbo al manantial de Las Fuentes, donde el agua representa fertilidad, renovación y esperanza para el campo.
La petición de lluvias también permanece en San Juan Tlacotenco, en Tepoztlán; Huitzilac, donde San Juan Bautista es santo patrono; y la colonia Juan Morales, en Yecapixtla, donde las celebraciones reúnen a vecinos alrededor de la fe y las costumbres.
Diálogo con la naturaleza
Más allá de una festividad religiosa, estas ceremonias representan un diálogo antiguo entre los pueblos morelenses y la naturaleza: una forma de recordar que la lluvia no solo alimenta la tierra, también mantiene vivas historias, cosechas y la identidad de quienes preservan esta herencia comunitaria.
