El legado de Vicente Fernández, el máximo exponente de la música ranchera, no solo reside en sus grabaciones inmortales, sino en la majestuosidad de su hogar: el rancho “Los Tres Potrillos”. Convertido hoy en un sitio de culto para la farándula y el turismo, esta propiedad en Jalisco abre una ventana a la vida privada del “Hijo del Pueblo”, permitiendo a sus seguidores recorrer los mismos senderos donde el ídolo forjó su dinastía.
Fundado en 1980, el rancho fue concebido por Fernández como un monumento vivo a su descendencia, bautizándolo en honor a sus tres hijos: Vicente Jr., Gerardo y Alejandro. Lo que comenzó como un refugio familiar se transformó, con el paso de las décadas, en una extensión de su propia personalidad. Uno de los puntos más comentados por cronistas de espectáculos es la icónica alberca en forma de guitarra, un diseño que, aunque costoso, se convirtió en el símbolo del éxito y la pasión que el cantante sentía por su oficio. Este rincón, hoy el más fotografiado por los visitantes, representa el lado más excéntrico y a la vez auténtico del artista.
El recorrido por el recinto ofrece una carga emocional inmensa. Cerca de la entrada principal, una estatua de acrílico captura la esencia de Vicente, sentado en la banca exacta donde solía observar a sus ejemplares equinos. No obstante, el corazón del rancho es el imponente mausoleo donde descansan sus restos. Este santuario, rodeado de coronas y tributos florales que nunca escasean, es resguardado con celo por la familia, quienes han decidido mantener el acceso completamente gratuito para el público.
Esta política de puertas abiertas es, quizás, el último gesto de humildad de una estrella que nunca olvidó sus raíces. Sin embargo, en el ámbito de la nota roja y de servicios, se ha alertado constantemente sobre el surgimiento de agencias que intentan lucrar con este patrimonio, cobrando por una entrada que la familia Fernández ha declarado libre de costo. Ubicado estratégicamente en la carretera Guadalajara-Chapala, “Los Tres Potrillos” no es solo un rancho; es el último escenario de una leyenda que se niega a desaparecer.
