Los hermanos Pérez y Leonarda Crustitla son vendedores de raspados que tienen más 30 años vendiendo en el zócalo de Cuernavaca. Vienen de una herencia y tradición de esta refrescante bebida y siguen conservando y evolucionando los sabores clásicos de hace décadas.
Eduardo y Lilia Pérez, son hermanos y llevan casi toda la vida en este comercio junto al kiosco de la ciudad; su padre, Isaías Pérez, fue uno de los iniciadores hace 35 años. Al igual que el señor Isaías, Leonarda Crustitla forma parte de esta generación de comerciantes. Con 32 años en el comercio, recuerda a varios compañeros de este oficio.
En ambos negocios, comentaron, una de sus características son las mieles que le dan sabor a los raspados; pues son elaboradas de la manera tradicional, con pulpa hervida de fruta natural y de temporada y, también tienen los clásicos sabores de hace décadas: grosella, limón y tamarindo, pues sus clientes de edad avanzada les dicen “que son los sabores que ellos probaban de chicos”.
Entre los raspados preferidos de los cuernavacenses, dijeron, están los de tapioca, el famoso diablito, maracuyá, piña y tamarindo.
También comentaron que en estas vacaciones esperan muy buena ventas, ya que la pandemia redujo la afluencia de turistas y sus ganancias fueron mínimas.
Hoy en día existen alrededor de diez puestos de raspados en el zócalo, los cuales siguen raspando el hielo para deleitar y refrescar los paladares de todos los visitantes de este colorido lugar.
